Thursday, April 06, 2017

Ryan Avent: "Para competir con las máquinas hay que aceptar salarios más bajos"

Ryan Avent en la entrevista con Irene Velasco. SERGIO GONZÁLEZ
La inteligencia artificial revolucionará el mundo del trabajo en dos décadas...y afectara a trabajadores de cuello blanco
Los taxistas, conductores y pilotos de carga están en peligro
¡Bienvenidos a un mundo sin trabajo! En 20 años, la revolución digital y los avances en inteligencia artificial provocarán que miles y miles de trabajos que hoy realizan personas se llevarán a cabo con muchísima menos mano de obra o, directamente, con robots.
El mundo será un lugar en el que el empleo escasee de manera alarmante, en el que grandes masas de población no encontrarán el medio de ganarse la vida, en el que se resquebrajarán los pilares sobre los que se sustenta el concepto de Estado moderno, en el aumentarán de manera abrupta las desigualdades sociales, en el que crecerán de forma exponencial las tensiones sociales... No es ciencia ficción.
El economista Ryan Avent, corresponsal económico y columnista de la revista The Economist desde 2008, ex consultor del departamento de Trabajo de Estados Unidos y autor del blog de referencia Free Exchange, cree que esa funesta profecía se hará realidad. Lo cuenta en La Riqueza de los humanos: El trabajo en el siglo XXI, ensayo que acaba de ver la luz en España de la mano de editorial Ariel y cuya lectura provoca escalofríos. Para compensar quizás sus apocalípticos vaticinios, Avent es un hombre que sonríe sin parar.
¿De verdad la revolución digital en la que estamos inmersos va a transformar el mundo, sobre todo el de las relaciones laborales, como en su día lo hizo la revolución industrial?
Eso creo. Y también que la gente en general no es consciente de ello, cree que la revolución digital no traerá transformaciones tan radicales como las que conllevó la revolución industrial. Lo que ocurre es que estamos solo en los inicios de la revolución digital, pero las nuevas tecnologías en general y la inteligencia artificial en particular van a implicar cambios tan radicales como los que provocó en su momento la revolución industrial, en especial en el mundo del trabajo.
¿Cuándo comenzaremos a sentir con fuerza esa transformación?
En las próximas dos décadas lo notaremos de manera intensa.
¿Y en qué consistirá ese cambio?
Tiene tres aspectos. El primero ya lo hemos visto en los últimos 15 años, y se llama globalización. Las nuevas tecnologías permiten a firmas como por ejemplo Apple producir sus productos al otro lado del océano. Los trabajadores occidentales ya compiten en estos momentos con miles de trabajadores de China, de India... Y esa competencia se va a incrementar. En segundo lugar, las nuevas tecnologías también están permitiendo que trabajadores cualificados sean más productivos. Basta pensar que antes, para hacer un periódico, se necesitaba una redacción con cientos de personas, desde periodistas a diseñadores, pasando por editores y empleados de taller. Ahora todo eso se puede hacer con muchísima menos gente. Y el tercer factor, que es el que creo que mayor impacto tendrá, se llama automatización. Los avances en inteligencia artificial no afectarán sólo a los empleados de las fábricas, sino que tendrán también enorme impacto en trabajadores del sector servicios, incluidos trabajadores de cuello blanco, profesionales asalariados. Y ese creo que será el cambio más radical.
¿Cuántos puestos de trabajo se perderían en las próximas décadas?
Hay varios informes al respecto. Un estudio de la Universidad de Oxford afirma por ejemplo que en las próximas dos décadas el 47% de los puestos de trabajo podría estar automatizado. La OCDE no es tan pesimista, pero incluso así habla de que se perderían de media el 10-11% de los empleos, lo que sigue siendo muchísimo. Lo que está claro es que la capacidad tecnológica va a seguir mejorando, así que cada vez habrá más empleos en los que los trabajadores puedan ser reemplazados por máquinas. Y el único modo en el que las personas pueden competir con las máquinas es aceptando salarios más bajos, de manera que haga menos atractivo a las empresas llevar a cabo inversión en tecnología que pueda reducir empleos. Si los empleados no cuestan mucho, puede que se lo piensen dos veces antes de invertir en el último grito en inteligencia artificial.
¿Qué empleos serán los más afectados?
Los conductores de coche, obviamente, están en peligro. Y muchos trabajadores similares, como por ejemplo los pilotos de aviones. No estoy seguro de si tendremos aviones automáticos de pasajeros, pero sin duda se emplearán para el transporte de mercancías. En China ya hay unos pequeños robots que circulan por las aceras y llevan comida a domicilio, así que el de repartidor es otro trabajo en riesgo.
¿También corren riesgo trabajos en servicios tan fundamentales como la sanidad y la educación?
Eso pienso. Creo que estamos mucho menos preparados para admitir la automatización de esos campos, pero vamos en esa dirección. Los avances en inteligencia artificial y en las habilidades lingüísticas de los ordenadores van a afectar a un montón de empleos. Piense por ejemplo en lo que ocurre cuando va a una clínica u hospital. En la mayoría de los casos, usted se dedica a describir sus síntomas a una persona y ésta, en base a sus estudios y su experiencia, le da un diagnóstico y un tratamiento. Una máquina podrá hacerlo... Y otro tanto respecto a la educación: los programas informáticos son cada vez mejores en anticipar lo que necesita un estudiante. También veremos desaparecer los call-centers, porque los ordenadores podrán hacer un trabajo decente en ese campo en cuanto se mejore su capacidad de expresión y comprensión lingüística. Los administrativos también son vulnerables a la desaparición, así como numerosos empleos profesionales. En los despachos de abogados ya hay mucho trabajo para-legal realizado por ordenadores.
El trabajo será un bien escaso, de acuerdo. Pero, ¿cuál es el problema? Es una de las ilusiones que siempre ha acariciado la humanidad... Si el grueso del trabajo lo hacen las máquinas, las personas quizás podamos trabajar sólo un par de días a la semana y dedicar los otros cinco a disfrutar de la vida, ¿no?
Sí, ese es el sueño. Y en algún momento, a largo plazo, llegaremos a él. El problema es encontrar el equilibrio. Y tal y como están las cosas ahora mismo, si uno trabaja menos horas, también gana menos dinero. Y si gana menos dinero, no puede comprar las cosas que necesita comprar. Para conseguir ese sueño de trabajar menos horas sin que nuestro nivel de vida se vea afectado severamente tendría que haber una mayor redistribución de la riqueza. Pero la gente que gana dinero no quiere oír hablar de redistribución. Ya lo vemos ahora: mucha gente no quiere que los que vienen de otros países se beneficien de los servicios sociales, creando tensiones en la sociedad. Además, está muy bien tener tiempo libre, pero también a uno le gusta sentir que tiene un objetivo en la vida. Es un problema muy serio el que se nos viene encima. Y si no le hacemos frente del modo adecuado, puede provocar graves daños sociales.
Pero la revolución industrial a la larga mejoró las condiciones de vida de los trabajadores...
Sí. En el siglo XIX la gente trabajaba 80, 90 horas a la semana; en 1950, trabajaba 35 ó 40 horas a la semana. Pero para llegar del punto A al punto B se necesitó tiempo, sindicatos, seguridad social, nuevas leyes laborables... Fue necesaria una lucha para conseguirlo, hubo guerras. Con suerte no tendremos que pasar otra vez por ello, con suerte no serán necesarias revoluciones para lograrlo.... Pero no me sorprendería que las hubiera.
¿Cree que el aumento de los populismos y de los nacionalismos en Occidente está relacionado con la revolución tecnológica?
Sí. Creo que está influyendo en varios sentidos. El primero, es que a mucha gente no le han ido muy bien las cosas en los últimos 15, 20 años, y cuando eso ocurre muchos buscan a alguien a quién culpar, y aparecen entonces políticos que señalan con el dedo a los inmigrantes, a China... Eso lo vemos. Pero hay más: dado que el trabajo cada vez es menos seguro y que no crece como lo hacía antes, cada vez más personas dependen de la redistribución y de los servicios sociales para poder vivir. Y, de nuevo, hay quien sale diciendo que los inmigrantes no deben beneficiarse del sistema sanitario de un país o de la educación pública, que esos beneficios se deben de reservar para los que han nacido allí. Otro factor es que dado que el crecimiento ha estado tan concentrado, geográficamente y en unas pocas compañías que obtienen unos inmensos beneficios, en la sociedad surge un resentimiento hacia esas élites. Estas cosas ayudan al aumento de populismos y nacionalismos, y creo que vamos a ver crecer aún más estos movimientos, tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda.
¿Le sorprendería si la revolución tecnológica se viera acompañada en los próximos años de una revolución sangrienta?
Existe ese riego, sí. Creo que nos tratamos de convencer a nosotros mismos de que eso de las revoluciones sangrientas es algo que hemos dejado atrás, que no vamos a ver nada así en Occidente, que no habrá otra guerra mundial. Pero los cambios que estamos viendo en el sistema político, incluso solo en el último año, muestran que quizás no estemos al borde de la guerra, pero sí que nuestras instituciones son mucho más vulnerables de lo que pensábamos. Mirando a lo que ocurrió con la revolución industrial, vemos que el conflicto político es necesario para resolver este tipo de problemas, y el conflicto político a veces es tan tenso que desemboca en violencia. Mi esperanza es que hayamos aprendido de la historia y que, a pesar de que nuestras instituciones sean más vulnerables de lo que pensábamos, sean más fuertes de lo que lo fueron en la primera mitad del siglo XX. Sobre todo porque no estoy seguro de que sobreviviéramos a una nueva Guerra Mundial. Pero el problema es que los trabajadores, para obtener su ración justa del pastel, van a tener que hacer valer su poder negociador. En el pasado se declaraban en huelga y paraban la producción de una fábrica. Pero hoy en día las fábricas no funcionan así. En vez de eso, puede que veamos manifestaciones masivas que colapsen las ciudades, es posible que ése sea el método que empleen los trabajadores para hacerse oír y forzar negociaciones. Y esas cosas, esas manifestaciones masivas, se pueden volver violentas.
Usted sostiene que para poder competir con las máquinas los sueldos de los trabajadores bajarán en los próximos años. Pero los humanos nunca podrán competir con los robots: no hacen huelga, no se enferman, no les importa trabajar 24 horas al día los 365 días del año...
Sí. Creo que, a medida que la tecnología mejore, y sea cada vez más y más barata eso será imparable y cada vez más personas se verán apartadas del mercado de trabajo. Será una crisis cocinada a fuego lento que llegará a ser crónica. Será una nueva era. Si uno piensa en los albores del siglo XX, había un montón de trabajos de personal doméstico. Era un símbolo de estatus tener a 30 personas trabajando como personal doméstico, aunque realmente no se necesitaran. Ese tipo de trabajos creo que no se automatizarán. Y, en una situación extrema, creo que nos podemos encontrar con una situación parecida a la de la época victoriana, una situación en la que la desigualdad habrá aumentado dramáticamente y se recuperen ese tipo de trabajos.
Piketty en El Capital en el siglo XXI muestra como desde el XIX hasta hoy la desigualdad apenas ha disminuido. ¿Aún va a aumentar más con la revolución tecnológica?
Los argumentos de Piketty son interesantes, viene a decir que la gran desigualdad es una especie de estado natural y que sólo ante grandes guerras o catástrofes se produce un declive en ella. La gente que ganaba mucho dinero a finales del siglo XIX y principios del XX lo hacía porque tenía nuevas tecnologías, porque éstas les dieron mucho poder en el mercado y porque los trabajadores aún no habían tenido éxito en organizarse, en luchar y en conseguir algunos beneficios de ese crecimiento. Pero lo consiguieron, a través de acciones más agresivas, del auge de los partidos de los trabajadores. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Aunque no creo que la desigualdad lleve inevitablemente a una revolución laboral.
¿Cómo se podría evitar esa desigualdad? ¿Aumentando los impuestos a las grandes fortunas?
El desafío es que hoy es muchísimo más fácil para los que son muy ricos evitar los impuestos, llevarse su dinero, irse ellos mismos a vivir fuera, estructurar sus compañías a nivel transnacional para pagar menos. ¿Cómo resolvemos eso? Por un lado, aumentando la cooperación entre los países, como recomienda Piketty, pero no estamos tomando ese camino.

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