Sunday, February 05, 2017

El naufragio del niño Samuel

Samuel, náugrafo a los 4 años
El hombre que encontró su cuerpo arrojado por el mar: "Llevaba un abriguito marrón y unas deportivas blancas..."
Se está a la espera de que una prueba de ADN confirme que el pequeño cuerpo hallado en Cádiz es el hijo de Véronique
Todavía no había luz. "Serían las siete y media o las ocho menos 20 de la mañana". En un rato se alcanzaría la bajamar. "Y me lo encontré de frente". Un cuerpo pequeñito. De un niño. La marea lo había depositado en la arena. Al fondo, el faro de Trafalgar. "Llevaba un chándal oscuro, unos botines blancos y un chaquetoncito marrón". Sobre la ropa, un pequeño chaleco salvavidas, inútil, porque no cumplió con su misión. Yacía boca abajo, "con la cabecita tapada con la capucha del chaquetón. No se le veían ni la cabeza ni las manitas".
La voz del hombre de Barbate aún tiembla cuando, casi una semana después, cuenta su hallazgo. Prefiere que no digamos su nombre. Tiene unos 40 años, sufre de colesterol y obesidad y, por eso, es caminante asiduo. Aquel viernes, 27 de enero, eligió la playa de la Mangueta, en Cádiz, no lejos del faro. Él fue quien alertó a la Guardia Civil. "Me quedé mientras venían junto al niño. Claro que me quedé. No iba a dejarlo solo...".
A 7.500 kilómetros de allí, en Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo, Aimé Kabamba llevaba dos semanas conteniendo el aliento. La última vez que habló con su esposa fue el 11 de enero, la víspera de que ella se subiera con su hijo a una patera en Cabo Espartel, cerca de Tánger (Marruecos), rumbo a España, según cuenta su hermano Pierre. "Su mujer le dijo que se preparaba para el viaje. Esperábamos que nos llamara dos o tres días después. Pero nada. Véronique iba en esa patera y no ha aparecido, y mi sobrino Samuel...".
El avanzado estado de descomposición del cuerpo hallado en Cádiz hace que todo apunte a que el niño arrojado por el mar sea el que viajaba con su madre en una embarcación inflable que salió de Cabo Espartel ese jueves y que se perdió cruzando el Estrecho. La ONG Caminando Fronteras tiene sus nombres: Samuel y Véronique, procedentes del Congo. Su barca, de goma, no ha sido localizada, y no constan supervivientes.
La investigación sigue abierta. Los forenses han practicado una autopsia al niño y los investigadores españoles están en contacto con la familia Kabamba, aunque todavía (al cierre de esta edición, el viernes) no han podido comprobar que el cuerpecito de Cádiz sea el de Samuel: no descartan que pudiera haber más niños en el Estrecho con similares características. Debido al estado en el que se encuentra el cadáver, la prueba definitiva será la de ADN. Pero entre los Kabamba las sospechas se han ido acrecentando porque las fechas y los nombres les cuadran.
Lo relata Pierre, que atiende a Crónica en francés desde la Universidad de Kinsasa, donde trabaja como profesor. Tío paterno del niño, hace de portavoz del padre de Samuel: "Está muy afectado", explica. Entre él y uno de sus hermanos mayores, Caleb, reconstruyen la vida, y la odisea, del pequeño y de su madre antes de echarse al mar.
Samuel era el pequeño de la casa, "la alegría de la familia", dicen sus parientes, que alternan pasado y presente al referirse a él. El 9 de diciembre hizo cuatro años. Los cumplió fuera de su casa en Kinsasa, donde Aimé Kabamba y Véronique Nzazi han criado a sus seis hijos: cuatro chicos y dos chicas. Los dos mayores ya van a la universidad. También sus padres se graduaron: los Kabamba son una familia "de clase media" en la capital del Congo. Viven en el distrito de Lemba, conocido por albergar la Universidad de Kinsasa, y el padre de familia es pastor evangelista. En la iglesia La Trompette, que congrega a unos 200 fieles, el "pasteur Aimé" da sus sermones. También la propia Véronique, a la que llaman "maman Véro", ha dado consejo a su comunidad, como cuando en 2014 reunió a un grupo de mujeres para impartir una charla titulada La mujer inteligente es un don de Dios.
Ambos estudiaron Teología, indica Pierre. Y en su álbum familiar se amontonan las fotos de la familia junta y sonriente, como en su 21º aniversario de bodas, con Aimé y Véronique bien trajeados. En otras también sonríe a cámara el pequeño Samuel, el sexto hijo de los Kabamba, en el regazo de su madre, de la que nunca se despega. Pero la vida de la familia se torció en los últimos años.
"Mi madre enfermó", cuenta su hijo Caleb. A Véronique, de 44 años, le detectaron un tumor entre el cuello y la oreja izquierda que se fue agravando, según el relato de la familia. En la fotografía que han enviado a este suplemento se observa claramente un bulto del tamaño de una naranja en el cuello de la mujer. "El tumor fue a peor y los médicos de Kinsasa le dijeron que aquí no tenían los aparatos para hacerle la operación, que era muy peligrosa, y para darle la quimioterapia. Que tenía que tratarse en Europa. Intentó conseguir el visado en la embajada de Francia pero se lo denegaron", lamenta Pierre. "También en la Maison Schengen [la oficina que los países del Acuerdo de Schengen tiene en Kinsasa para tramitar visados], pero tampoco se lo dieron".
Así que en marzo de 2016 Véronique hizo las maletas, cogió a su hijo pequeño ("los niños tienen que estar con sus madres", aduce Pierre) y dejó el Congo. Con el niño cruzó África "de país en país", continúa Caleb. Se estableció primero en Argelia. Después saltó más al norte, hasta Marruecos. Allí, en Tánger, coincidió con Juhana Vainqueur: "Llevaba tiempo tratando de cruzar a España. Lo intentó también desde Nador", afirma este amigo de la congoleña. "Estaba preocupada por su enfermedad y por la educación de su hijo Samuel. Viajar a España era su obsesión".

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