Comprado en febrero pasado por un francés e importado a ese país, la reliquia es reclamada ahora por las autoridades británicas, que lo consideran “parte integral del patrimonio inglés” y que creen que nunca debió abandonar su país.

Estatua de Juana de Arco, conocida como la "doncella de Orleans", heroína francesa que salvó a su país de la dominación inglesa, en la catedral de Notre Dame, en París. Foto: EFE
Estatua de Juana de Arco, conocida como la “doncella de Orleans”, heroína francesa que salvó a su país de la dominación inglesa, en la catedral de Notre Dame, en París. Foto: EFE
Por Luis Miguel Pascual
París, 10 abr (EFE).- El duelo es por el momento judicial, pero a tenor de las declaraciones Francia e Inglaterra parecen dispuestos a revivir un nuevo capítulo de la Guerra de los Cien años que enfrentó a ambos países entre los siglos XIV y XV y que resurge ahora por la propiedad del anillo de una de sus heroínas, Juana de Arco.
Comprado en febrero pasado por un francés e importado a ese país, la reliquia es reclamada ahora por las autoridades británicas, que lo consideran “parte integral del patrimonio inglés” y que creen que nunca debió abandonar su país.
Una exigencia que no encuentra eco al otro lado del Canal de la Mancha, donde el expresidente del departamento de la Vendée Philippe de Villiers, artífice de la adquisición del anillo, asegura que no permitirá que la joya vuelva a abandonar el territorio francés.
Es el único objeto atribuido a la “doncella de Orleans”, símbolo de la resistencia a la invasión inglesa y mito de la independencia de Francia.
En el horizonte se vislumbra ya un enfrentamiento que, en esta ocasión, tendrá como campos de batalla las moquetas diplomáticas y las cortes de justicia.
Y todo por un anillo cuya autenticidad no está comprobada. Se sabe que en la Edad Media las mujeres no portaban medallas y que en su proceso por hechicería Juana de Arco aseguró portar un anillo con tres cruces y la inscripción “Jesús María”.
De hecho, su acusador, el obispo Cauchon, usó esa joya como argumento en su contra, prueba de que Juana aseguraba haber curado a personas gracias al anillo, lo que sirvió para condenarla por brujería.
Tras la ejecución de la resistente, el anillo fue entregado al cardenal inglés Henry Beaufort, que lo trasladó a tierras inglesas, de donde nunca salió,… hasta marzo pasado.
Propiedad de un coleccionista privado, la reliquia fue adquirida en febrero pasado en una subasta por el parque de atracciones “Puy de Fou”, instalado en Vendée, fundado por De Villiers y dedicado a la historia de Francia. Según Le Figaro, el parque pagó 376 mil 833 euros.
Victoria para este político alejado de la primera línea, cercano a las tesis de la extrema derecha y encarnizado soberanista.
“El anillo está en Francia y en Francia se quedará”, clamó durante la presentación de la joya en el parque de atracciones, como si preconizara ya el contraataque británico.
Que no ha tardado en llegar. El Consejo Nacional de Artes de ese país asegura que el anillo nunca debió abandonar el territorio británico y que su comprador no tenía licencia para sacarlo.
Por eso se dirigió a las autoridades francesas para exigir la devolución de una joya que, según ellos, constituye “una pieza importante de la historia de Inglaterra, un objeto de gran valor simbólico”.
Por el momento, la petición se ha hecho por las buenas, aunque avisan de que están dispuestos a llegar más lejos si no obtienen el objeto. De Villiers, dicen en Londres, puede ser condenado a hasta 1 millón de euros de multa y 6 años de prisión por sacar sin permiso un objeto histórico del Reino Unido.
Nada parece por el momento amedrentar al político: “No vamos a entregar a Juana de Arco una segunda vez a los ingleses”, aseguraba a la radio RTL, recordando que fueron los propios franceses quienes libraron a la resistente a sus verdugos ingleses, que la quemaron en Rouen en 1431.
Escondido en un lugar secreto que ni siquiera las autoridades francesas conocen, el anillo aguarda su destino ajeno a las luchas palaciegas que ha despertado.
De Villiers se guarda una carta bajo la manga, la de apelar a la mismísima reina Isabel II.
No en vano, afirma, su antecesora, la reina Victoria, quiso devolver a Francia la joya