Wednesday, March 09, 2016

El martirio de Romano

Romano Liberto Van Der Dussen
El holandés Romano Liberto Van Der Dussen a su salida de prisión. EFE

El 10 de agosto se celebra la festividad de San Lorenzo, un diácono romano cuyo martirio, según la tradición, sucedió en una parrilla. En la calurosa noche del 10 de agosto de 2003, en Fuengirola, dio comienzo el martirio de otro Romano, pero en este caso de nombre, y de nacionalidad holandesa, cuando alguien que no era él, pero que para su desgracia se le parecía, asaltó y abusó de tres mujeres en tan sólo dos horas. Aunque la manera en que la policía llegó hasta él, y empezó a enseñarle su rostro a testigos y víctimas que lo reconocieron, no es más que un detalle procedimental, alguien habrá en alguna parte que ahora, doce años y medio después, y cuando se ha probado que el ADN hallado en una de las mujeres es de un ciudadano británico, se estará preguntando por qué y cómo dio en arrojar la sombra de la sospecha sobre este holandés que nunca llegó a tocarla.
Incómoda pregunta, para quienes ahora están obligados a formulársela. En primer lugar, porque fue la propia investigación la que partió de la premisa de que las tres agresiones, por modus operandi y cercanía en el tiempo, habían sido cometidas por la misma persona, circunstancia que llevó a colgarle a Romano todas ellas, tras reconocerle un testigo como el agresor en uno de los casos, y que ahora conduce, a tenor de la misma lógica, a desvincularle de los tres delitos, por quedar probado que no fue el autor de uno de ellos. En segundo lugar, porque con ese reconocimiento, y la convicción de estar ante el culpable, se influyó a las víctimas para que vieran en Romano a su violador, como al final hicieron. Y en tercer lugar, y sobre todo, porque Romano se ha comido doce años de cárcel: más de cuatro mil días despojado de libertad, con los barrotes por todo horizonte, forzado a cambiar cada tanto de prisión para no correr la dura suerte que a los violadores les aguarda en el entorno penitenciario.
A la salida de la última de las prisiones que lo acogió en su periplo, por orden de la misma justicia que lo recluyó, Romano recuerda lo que significa la privación de libertad, una lección útil para quienes propenden a banalizarla. Entró con 30 años y sale con 42; tenía una niña pequeña, que ahora es prácticamente una mujer y cuya infancia se ha perdido de principio a fin; su madre murió y no pudo acompañarla ni aliviarla en sus últimos días; por no hablar de lo que permanecer encarcelado doce años representa para alguien en términos de la posibilidad de retomar o desarrollar algún tipo de oficio o carrera profesional. Lo ponen en la calle, advierte, con 33 euros y tres mudas de ropa. Todo un capital, con el que podrá salir a comerse el mundo.
La prisión, su testimonio lo indica, se demuestra en todos los aspectos más atroz e implacable para quien es inocente: por negarse a hacer cursillos de rehabilitación para violadores, que no necesitaba, a Romano se le denegó la posibilidad de obtener permisos penitenciarios, lo que significa que apuró su condena día por día, sin la tregua de que habría podido disfrutar si en realidad hubiera violado a alguien. Se comprende, así, que diga que hubo momentos en que pensó en rendirse y acabar.
Sale este hombre condenado por la inexactitud, por el celo mal entendido, por la prisa o la necesidad de señalar un culpable, y proclama el robo de vida que ha sufrido, y que la exigua indemnización que para estos casos prevén las leyes no alcanzará ni de lejos a compensar. Sale y bien podría arremeter contra quienes afirmaron que era quien no fue, tan sólo porque se le daba un aire, pero elige ser generoso y entender que la víctima necesita reconocer a alguien, y que quizá lo necesite todavía más frente a ese al que la Policía ya ha detenido y que le invitan a pensar que es quien lo hizo, ofertándole en el paquete el desquite de despacharlo a pudrirse en una celda durante años.
Sale este hombre que es nuestro error, y que nos recuerda, para cuando lo olvidemos, por qué la inocencia se presume.

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