Monday, February 22, 2016

Stanley Miller contra la superstición



El 20 de mayo murió Stanley Miller, previsiblemente ignorado por los obituarios intelectuales y los cronistas de lo superficial. Stanley Miller diseñó un experimento notable: demostró que, bajo ciertas condiciones, se pueden sintetizar aminoácidos a partir de moléculas simples que abundaban en la atmósfera de la tierra primitiva (los aminoácidos son los componentes fundamentales de las proteínas, ingredientes imprescindibles para la vida tal como la conocemos), una atmósfera que, de acuerdo con la teoría prevaleciente, simulaba las condiciones que imperaban en ella antes de que surgiera la vida en el planeta.
El experimento no sólo era notable, también era elegante. Aceptando que la definición de elegancia es elusiva en menesteres de diseño experimental, cuando se habla de un experimento elegante los científicos se refieren a dos cualidades: 1) los resultados contestan preguntas y resuelven conjeturas de un gran número de investigadores, lo que se puede expresar coloquialmente con la frase: “¿cómo no pensé yo en ese experimento?”, y 2) la sencillez con la que se encara un problema complejo.
Esta segunda cualidad genera en el estudioso de un trabajo científico la sensación inequívoca de estar observando algo hermoso, lo que se ilustra con preguntas del tipo: “¿Cómo se le ocurrió hacer esto?” Aunque parezcan contradictorias, ambas cualidades coexisten: la primera se refiere al método científico, que está abierto y disponible para todos, mientras que la segunda apunta a la urgencia por descifrar el intelecto humano a partir de uno de sus exponentes y productos peculiares, es decir: el científico y la labor científica. El experimento crucial de Stanley Miller es elegante bajo cualquier perspectiva.
Con frecuencia, se invocan los trabajos de Darwin como la tijera que cortó el cordón umbilical que existía entre los pensadores y ciertas formas de religión y dogmas sustentados por superstición inescrutable. Sin mellar el mérito de la visión darwiniana, para otra generación de pensadores, el experimento de Stanley Miller justificó la liberación del pensamiento y nutrió una “Segunda ilustración” que persevera hasta nuestros días como tijera vigilante.
Su contribución es aún pertinente en nuestro país y notablemente necesaria en Estados Unidos, según lo ilustra el hecho de que, hace apenas unos años, el Consejo de las Escuelas del Estado de Kansas promoviera y aprobara la enseñanza del “Diseño inteligente”, una forma encubierta de creacionismo que desdeña métodos y resultados que han sido escrutados con harto rigor. El experimento de Miller sugiere que todo lo que está vivo (o deriva de los seres vivos) tiene su origen en descargas eléctricas que atraviesan una atmósfera primigenia e impactan un océano tóxico mientras catalizan la síntesis de moléculas necesarias para la vida. Es decir, que tanto los tacos al pastor como quienes los comemos venimos de una descomunal silla eléctrica, así como de sus efectos en la atmósfera primordial y en cargamentos involuntarios de meteoritos.
En 1953, año en que se publicó su descubrimiento, y mientras el mundo se debatía entre las religiones dogmáticas del comunismo y la salvación ritual, Stanley Miller continuaba señalando las manchitas en papel cromatográfico que indicaban la presencia de los aminoácidos generados en un artefacto de vidrio en su laboratorio. Los trazos con lápiz que circunscribían sus hallazgos revelan asombro y humildad ante lo descubierto, como se puede apreciar en su informe de la revista Science: “A Production of Aminoacids Under Possible Primitive Earth Conditions.”
Stanley Miller murió a los 77 años de edad: había publicado el mencionado informe cuando tenía veintitrés años. Que no descanse en paz: el mundo lo necesita. Los supersticiosos se reproducen con ahínco y llegan en masa a los school boards del país más poderoso del mundo. Los fundamentalistas alzan la cabeza en otras latitudes, cada vez más alto. Miller es de una pertinencia necesaria.

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